martes, 21 de julio de 2009

A EUMEO


Yo estaba en una terminal de autobuses esperando a que llegara la hora de que saliera mi corrida. Me fastidia volver a mi ciudad natal. Abrí La Odisea. Ya hacía muchos años que había leído La Ilíada en un afán casi esnob de asegurarme de que, por lo menos, había leído una de las dos obras homéricas que luego me fue dicho que son los pilares de la literatura occidental. (Cabe aquí la nota: hasta que uno las lee, se entera de verdad por qué diablos son tan “importantes”; casi todo lo escrito ya parece estar prefigurado allí). Tenía a la izquierda a una mujer medianamente linda y me imaginé varias veces cómo le podría hacer para acercarme a ella. Pero el pobre de Telémaco buscaba a su padre en las noticias de Menelao mientras Helena se llamaba “Perra” y me pareció una injusticia desoír sus infortunios por procurarme esos dos minutos del dudoso placer que brinda abordar a una mujer desconocida en una terminal de autobuses. Alguna vez lo hice: una ucraniana a la que nunca he vuelto a ver y que rompía la regla de las mujeres de su país: no era increíblemente hermosa, tan sólo era sobrecogedora.

A esta mujer ucraniana le conté una o dos de mis memorias, para hacer plática mientras salían nuestras corridas. Le hablé de algunos pasajes de mi infancia tan poco colorida y de una que otra aventura de la universidad, tergiversada hasta la calidad épica. Cuando llegó el momento de hablar sobre qué carajos hacía yo allá en Barcelona, me dio vergüenza contarle la verdad de mi viaje y creo que le solté una mentira muy idiota que debió decepcionarla. Me dio su correo electrónico para encontrarnos en Madrid (si algún día iba para allá) y aún lo conservo, pero no recuerdo el nombre de ella, ni tampoco le he escrito jamás.

Cuando llegué a este punto del recuerdo, el camión de esta nueva chica de terminal estaba a punto de partir. Ella se fue arrastrando sus maletas hacia un destino que supuse era Acapulco, dejando tras de sí el olor de su pantalón blanco que traslucía prendas interiores de muy limitada sensualidad. A ella tampoco espero volverla a ver. Luego viajé y me quedé dormido. Soñé que el camión se estrellaba y cuando desperté el conductor se fumaba un cigarrillo escuchando a Joan Sebastian. Cuando llegué a mi ciudad natal, después de una ausencia prolongada, le conté a mis amigos algunas de mis andanzas por acá, tan lejos. No conté las cosas como sucedieron. Algunos de los que fueron mis interlocutores sonrieron al oír que las cosas marchan bien. También me encontré con algunas rencillas amorosas de antaño (es decir, una mujer ojiverde más linda que Penélope me reprochaba con la mirada que yo tuviera una vida nueva y diferente. Durante algunos meses, ella se dedicó a esperar a que yo volviera y mientras hacía esto, confeccionaba con sus manitas delgadas y habilísimas bisutería para vender en modestas tiendas de modas. Mientras todo esto ocurrió, la liga entre nosotros decayó hasta olvidarnos de quién era en realidad el enamorado que vivía lejos. No pudimos mantenernos vivos uno en la memoria del otro y al final llegó la traición involuntaria que da el olvido y el salir de un salto fuera de ese hoyo con el que tropiezan los que caen enamorados. En parte por esto, censuré y tergiversé buena parte de mis historias nuevas: por temor a revelarme como yo mismo, un yo distinto, frente a ella).

Luego, la noche de esa noche triste en que volví, leí sobre un hombre anciano que cena con un porquerizo y le remite un periplo fascinante, pero falso.

Tuve una novia en la universidad y de verdad la quise mucho. No puedo decir que fuimos los mejores enamorados, pero sí hemos sido amigos por muchos años. Tantos, que es imposible, no, innecesario mentirnos a la cara. Ella vivía en un pueblo de Michoacán que está algo extraviado en la geografía regional y una vez le escribí un cuento sobre un viaje ficticio que hacía a ese lugar. Ella rompió en cólera cuando lo leyó pues el retrato de su pueblo le pareció muy ofensivo. Debía serlo, yo no lo conocí jamás pero me imaginé una tierra indómita en donde la gente se bate a tiros a la menor provocación y beben siempre tequila.
El viejo le cuenta al porquerizo sobre un viaje que resulta mal. Un viaje de vuelta a la isla de Creta en el que los dioses y las extrañas voluntades de los hombres lo truecan todo y lo llevan irreductiblemente a la tragedia. El porquerizo sonríe y bebe el vino mientras escucha la historia atentamente. El viejo es engañado una y otra vez en su periplo como si las audacias de los otros hombres estuvieran destinadas a obrar siempre en contra de él. Al igual que Odiseo, el viejo navega sobre una barca que es destruida por el blanco rayo de Zeus tempestuoso y luego se ciñe a un mástil que lo hace derivar por días hasta que la buena voluntad de los hombres de un reino distante lo lleva hasta Ítaca, donde el porquerizo aún escucha la historia y ensalza su habilidad para contarla.
Ese anciano que cuenta una historia de un viaje de penurias es el divino Odiseo, a quien Palas Atenea le ha prohibido que se revele ante los habitantes de su tierra patria. Odiseo hace entonces lo que cualquier contador de historias hará desde entonces: cambia los nombres y lugares pero cuenta esencialmente lo mismo. Y es lo que se ha venido haciendo desde que los múltiples Homeros de la historia lanzaron al viento las rapsodias donde se cantan (oh, Musa) la cólera del Pélida Aquiles y la historia de aquél hombre ingenioso que vagó buscando regresar a la tierra de su patria. Un contador de historias, luego se lo leí a Samperio o a Piglia, debe ser, ante todo, un tipo que no te aburra y alguien que sepa mentir. Porque no se cuentan las cosas que en realidad pasaron ni siquiera cuando se cuentan las cosas que en realidad pasaron. A veces, una historia de las Mil y Una Noches se cuela en la Odisea y yo veo a Simbad cegando a un cíclope mientras Odiseo le da vueltas al madero montado sobre Polifemo. Veo a una mujer ucraniana cuando se ha tratado de una oriunda de Queréndaro o hablo de un pueblo oloroso a acémilas regando estiércol cuando cada calle del lugar estaba pavimentada. Y la Musa canta (yo debería aprender a repetir su canto sin joderme a nadie). Y uno se bebe el vino del porquerizo y se va a dormir pensando en que tal vez la historia de aquél que buscaba volver a Creta sería una buena historia que contar y que ojalá alguien lo haga. Tanto como la de un hombre ingenioso (cuyas audacias le acercaron la tragedia a muchos hombres) que busca volver a casa mientras su mujer se entretiene en labores con sus manos delgadas y habilísimas mientras lo espera y se pregunta si no se habrá ya cometido esa traición involuntaria que es la del olvido. (Sobre el pozo con el que tropiezan los que caen enamorador, no hay mucho qué decir. Es una zanja larga al lado del camino de ida y de regreso).

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