Me bebí una cerveza y calculé mentalmente si me iba a alcanzar para otra(s). Este paréntesis que parece una comodidad en la escritura era mi verdadera preocupación en ese momento porque por varios años trabajé y, aunque muy poco deslumbrante y más parecida a la promesa de tiempos mejores que a la opulencia, siempre conté con una quincena que me permitía beber con un límite de tragos por noche de mediana elevación. Cuando trabajaba, hacía algunos malabares mínimos para llegar siempre al siguiente día 30 y aprendí a manejar mi tarjeta de crédito con alguna destreza. Destreza que me permitía entregarla en bares de luces brillantes (o de neón) al mesero sin siquiera voltear a verle la cara. Yo seguía hablando y cuando llegaba la cuenta y la firmaba aún riéndome, le exigía al mesero que mandara los tragos de la casa. Alguna vez llegué al despilfarro de pedirlos por favor, de eso estoy seguro.
Pero ya llevábamos un rato tomando cervezas y el embotamiento propio del alcohol me estaba haciendo difícil seguir la conversación y calcular el monto de la cuenta. Luego intentaba cotejar este resultado de dudosa certeza con el monto que suponía que aún llevaba en la cartera y me pasó lo que me pasa ahora en las librerías, frente a las carteleras del cine, afuera de los restaurantes: ese número imbatible que forma o quisiera convertirse en un haber supera mi debe irremediablemente. Y debo, carajo, cuánto debo. Ahora veo el futuro como una sola fecha y un solo concepto. Ese futuro que para mí se terminaba cada quince días con el golpe de reset de mi tiempo financiero en cada cheque, ahora es una espera larga, una línea de hormigas que se vienen hacia mí cargando cada cual una moneda de un peso que engrosa mis pasivos. Es una fila larga que necesito que aún siga, pero que ya me urge que se acabe. Es la fila en la que laboriosos insectos que se me meten en la cama y me despiertan, carga cada cual con un pedazo del día en curso: paga renta, compra comida, toma un baño, lava la ropa, gasta, compra, sigue, sigue, sigue, que ya llegará, llegará. Porque me acostumbré a esas manías burguesas como la comida diaria y el agua caliente, la luz eléctrica. Y antes las podía pagar, ahora, pues sólo puedo deberlas.
El mesero tiene la cuenta y mi interlocutor mira el billete que dejo. Yo acomodo la cartera de modo que él vea que no tengo nada más. Se ríe, a fuerzas, cubre lo que falta y salimos caminado. Él se aleja de mí como cualquiera huiría de la peste. Le hago a él la misma promesa que hago a todas las hormigas desde hace tres meses y me voy caminando a casa muy cansado y algo ebrio. Mi casa está muy lejos de ese bar y en el camino me repito lo mismo que le dije a él, esa promesa que me está agotando de cargar cincuenta veces mis pesos y chocar con las vitrinas que detrás guardan los días de mi tarjeta de crédito: “cuando llegue la beca, pagaré”, “cuando llegue la beca, compraré”, “cuando llegue la beca” todavía musito mi letanía antes de dormir, sin dinero para el desayuno.
“Cuando llegue la beca”, nos decimos en coro de lunes a viernes.

3 comentarios:
Bien dicen que la angustia es la más acusiosa musa.
Cuando llegue la beca entonces.
ya falta cada vez menos, maestro. el poder de su firma (electrónica) lo avala.
Bueno, y ya contrataste a tu mayordomo?
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